El primer rayo de sol tocó la puerta de mis ojos y se abrieron para contemplar mi obra de arte. La casa de la tía Adela había estado abandonada por muchos años, para que viniéramos a cumplir aquí nuestro más anhelado deseo.
El polvo, que opacaba la madera roída del ático, me hizo estornudar una o dos veces, antes que mi estómago me indicara con un estrepitoso rugido, que no había comido nada desde hacía dos días y medio. Cerré los ojos una vez más para saborear mi noche anterior, y haciendo caso omiso del ácido aroma a sangre que impregnaba las paredes de mi nuevo hogar, me levanté de un salto para buscar qué comer.
Lo recuerdo bien, faltaban trece días para mi cumpleaños número diez, y el calendario en la puerta de mi habitación estaba todo rayado. Los abuelos me habían prometido llevarme a la casa de la tía Adela a pasar las vacaciones lejos de los mimos de mi madre. Papá estaba organizando mi fiesta de cumpleaños y todo era perfecto para mí. Perfecto. Esa noche mi madre llegó, con un chocolate y un nuevo juguete de acción, y nos sentamos a la mesa para escuchar las nuevas noticias. Ellos iban a tener un bebé, un hijo de verdad. A pesar de todos sus problemas de infertilidad, los doctores le habían encontrado una solución. Y ya no sería yo solo. Tendría que compartir mi familia con el asqueroso bebé que ellos estaban fabricando. No podía ser.
La casa todo el tiempo olía a mierda, vómito, leche, y papilla. Nunca se podía dormir. Ariana invadía todo mí alrededor. Mis padres, mis abuelos, hasta la tía Adela estaban siempre encima del juguete nuevo de la casa. Ariana.
Nunca he podido llamarla hermana, es una palabra que me parece muy hermosa para malgastarla en ella. Creció muy aprisa, cuando me volteé para mirarla tenía pechos y caderas. Era la más hermosa criatura que mis ojos verían. La odio. La deseo.
Quince años he esperado para este momento, quince dolorosos años. Claro que la gente comenzaba a fastidiarme, llegaron a pensar que era homosexual, y claro que he tenido que satisfacer mis necesidades pero no podía entregarle mi virginidad a nadie más. Tenía que ser ella quien me regalara las llaves del cielo. Y así sería.
Como la tía Adela se había mudado para el edificio de al lado para poder estar cerca de Ariana, su casa había estado vacía muchos años, fui a visitarla mientras en mi mente dibujaba sus muslos, su cabello… la odio. Podía evocar incluso, el sonido de su respiración mientras dormía, pero mis intentos fallidos por apoderarme por completo de su perfección, me frustraban cada día más. Las manos me dolían, me pedían su piel, y todo lo que podía hacer eran figuras humanas, que se alejaban tanto de la vida, ninguna de mis pinturas era ella, todas las Arianas me miraban en la pequeña habitación del ático, y no era Ariana, no olía a ella ni poseía perfección alguna. Pero, cómo alcanzarla.
La verdad, nunca había sido tan feliz en mi vida. Ni cuando los abuelos me regalaban esa sonrisa única en el mundo, ni cuando mi madre me llevaba a comer helados al parque, ni en mi fiesta de cumpleaños, ni siquiera el día que vi por primera vez a Ariana desnuda. Dejé que mis manos hicieran su agosto con el cuerpo de mi hermana, era tan frágil, tan delicada, que sus risas confundidas taparon el llanto que a continuación descubría su cuerpo erizado. La sangre que corría por entre sus piernas le dio vida a los labios de mi Ariana, a sus mejillas e incluso a su sexo. Por fin, cuando no hubo más respiración, mi hermana cobró vida. Su cuerpo divino se abría paso en el lienzo, y sólo podía mirarme. El sueño de mi vida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario